miércoles, 15 de agosto de 2007

Capítulo II (¿Santo pecado?)

Capítulo II

No fue fácil para mí aceptar que en un lugar tan santo como en El Vaticano hubiera comercio de drogas. Es algo demasiado impuro que se esté traficando en las mismísimas narices de los cabecillas de la santísima iglesia. Pero claro, cómo me iba a resistir a tan importante viaje, tal vez todo este asunto se aclarara y yo pudiese pasar un tiempo allí. Jamás me imaginé cuán equivocado estaba…
El avión partió temprano, pues al inspector y a mí nos gusta llegar a todos lados lo antes posible. El viaje fue corto ya que no estábamos lejos del Vaticano. Al bajar del avión nos estaba esperando el panzón Oficial Mayor del vaticano, diciendo que esto era una perdida de tiempo, porque hacía ya algunos años se había estado investigando lo mismo pero resultó ser solo rumores.
Al llegar nos recibió la guardia suiza y nos pidió una identificación que mostró nuestro amigo Oficial (con el cual hice rápidamente amistad). Nos dijeron que estaba bien y que podíamos pasar.
Allí dentro todo era de un lujo impresionante, el techo estaba pintado con las más diversas y hermosas figuras, pintadas por antiguos pintores. En ese lugar me sentí libre de pecados, llegue a sentir que en el mundo solo había felicidad, por momentos me olvidé de la gente que pasa hambre en el mundo entero, inclusive no podía recordad por qué había llegado hasta ese lugar pero sabía que no me quería ir, esto era un lugar de ensueño, fantástico. De mis pensamientos me sacó el inspector informándome que habíamos venido por una razón en especial, una razón bastante comprometedora. Por momentos me sentía mal, sentía como que estaba ensuciando el nombre de la Santa Iglesia al iniciar esta investigación, pero mi amigo solo estaba pensando hipótesis acerca de los sospechosos que él iba creando en su mente aunque a veces resultaban ser bastante parecidos a la realidad.
Al entrar, lo primero que vi fue a un fraile flacucho con cara de enojado y bastante mal predispuesto a ayudarnos. Levantó la maleta con bastante fuerza y salió caminando con paso apresurado como si quisiera sacarnos de encima rápidamente. Era raro, mientras caminaba murmuraba cosas tales como “… venir a ensuciar el nombre de la iglesia, debería darles vergüenza...” o como “…se va a enterar... se va a enterar y estos herejes no la pasarán para nada bien…” mientras yo me empezaba a asustar el inspector escuchaba atentamente y parecía que ordenaba sus pensamientos a una velocidad increíble.
Llegamos a un cuarto bastante mal arreglado, dejamos allí las maletas y el fraile nos dijo que ya venía el carro con las comidas. Tuvimos la maravillosa suerte de llegar en un día de ayuno por lo que tuvimos que comer pan y agua. Mientras comía, el inspector pensaba mucho sobre la actitud del fraile que nos recibió, cuando le pregunté la causa de sus dudas lo único que me respondió fue: para ser tan delgado es demasiado fuerte.
En ese momento se desplomó el candelabro misteriosamente en el suelo y todo se empezó a prender fuego, yo estaba desesperado mientras veía que el inspector con bastante agilidad para alguien de su edad saltaba a atrapar un matafuego y extinguía el incendio. Al terminar se acostó en la cama y se durmió como un bebé.

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